Empecé a quererte cuando me dejaste ser, el día en que me di cuenta de que ya no necesitaba más máscaras si se trataba de ti.
Te quise desde la primera vez que escuché tu risa, aunque no lo supe hasta que no la vi salir de tu boca.
La primera vez que te vi estallar a carcajadas derrumbaste hasta el último intento de convencerme para no quererte, dejándome desarmada en plena tierra de nadie.
Aprendí a quererte cada milímetro de la coraza que te aislaba del resto del mundo, esa que tantas noches traté de atravesar.
Empecé a quererte cuando te vi sin verte, cuando quise hacer de cada uno de tus lunares el mapa de mi vida, para perderme y encontrarme siempre en algún rincón de tu cuerpo.
Te quise porque eras fuerte y aún no lo sabías, porque te hacías pequeña y cada parte de mi deseaba cuidar tu encogido y desordenado mundo.
Quise besar cada una de tus cicatrices, y abrazar cada herida que amenazase la estabilidad de la sonrisa más bonita qué jamás me había quitado el sueño.
Empecé a quererte porque te encontré, y enseguida supe que llevaba toda la vida necesitando a alguien como tú.
Te quise cada vez que me inundaban las ganas de decirte que el resto del mundo carecía de valor cuando sonreías, cada vez que cantabas a viva voz y reías, y te sentía libre y todo mi mundo se coordinaba al compás de cada nota que salía de tus cuerdas vocales.
Joder, te he querido tanto y te lo he dicho tan poco que parte de mi se acostumbró a tu imposible y ahora, que te tornas tan real, no me salen las palabras
Y esto es solo una pequeña parte del por qué te quiero, pero son tantas las razones que jamás podría decírtelas todas, solo espero poder demostrarte cada una de ellas y si alguna vez vuelves a preguntarte por qué te quiero, te aseguro que lo raro sería no perder el norte por ti.